martes, 9 de marzo de 2010

LA MUJER VAMPIRO

Nació en la ciudad de Nyrbáthor, en la Hungría profunda, cuna de los Balcanes y con los siniestros Cárpatos viéndola crecer. Era de la rama más loca de los Báthory, los Ecsed-Somlyó. El resto de la familia se hallaba repartida entre Valaquia y Transilvania, que entonces era una especie de tierra de nadie bajo la constante amenaza de los turcos.

Erzsébet estaba directamente emparentada con los reyes de Transilvania y con los de Polonia. Cuando cumplió 10 años fue a vivir con la que sería su suegra, Ursula, madre del conde Ferenc Nadasdy. Los Nadasdy eran, a su vez, otra de las familias más egregias de Hungría. Un lustro pasó Erzsébet bajo la tutela de la cristiana mujer, que se empeñó en hacer de ella una elegante y discreta gran dama, piadosa y tierna para con los suyos.

No lo conseguiría. Ya de adolescente, como antes de niña, se mostraba cruel y despiadada con las chicas del servicio e incluso con sus propios primos y primas. Una de sus ocupaciones predilectas era intentar despeñarlos mientras jugaban a los trineos. Desde niña le gustaba la caza, interviniendo ella misma en tales menesteres. Esa pasión iba a durarle toda la vida. Experta lanzadora de arco, podía cabalgar durante toda una larga jornada, al acecho. Latía en ella algo de loba sedienta de sangre. Fue así como, gradualmente, iría cambiando el objetivo de sus instintos cazadores. Lo que antaño fueron corzos, jabalíes y hasta osos acabarían convirtiéndose en inocentes muchachas. Esa historia tuvo un inicio, un desarrollo y un final, pero existen datos como para fijar los puntos de inflexión de la misma. Todo orbitó en torno a su atracción por la sangre.

Los cinco años pasados bajo la supervisión de Ursula Nadasdy sólo sirvieron para que aprendiese el arte del disimulo. Ella tenía un mundo interior, y nadie iba a cambiárselo, pero supo que para conseguir sus fines debía fingir. De modo que se hizo, a ojos de todos, una dama que sabía bailar, dar órdenes al servicio, que iba de aquí para allá con una antigua edición de la Biblia en la mano, que leía latín y sabía francés y alemán.

A los 15 años fue obligada, pues, a casarse con el conde Ferenc Nadasdy, quien pasó la mayor parte de su vida guerreando contra los otomanos en las fronteras orientales. Erzsébet no quería tener descendencia, pero las circunstancias la forzaron a ser madre. Tuvo cuatro hijos, tres chicas y un varón, a los que pronto apartó de sí, al igual que habían hecho con ella. A sus tres hijas las envió a las familias de las que habrían de formar parte al casarse, con apenas 10 años. A su hijo Pal, antes incluso, con la excusa de la educación refinada que merecía. No obstante, hasta bien cumplida la edad de 40 años Erzsébet no pudo maniobrar a su antojo. Sólo entonces, coincidiendo la muerte de su marido con el definitivo alejamiento de sus hijos, pudo sentirse con las manos completamente libres para hacer aquello que siempre deseó: daño.

Se especula si tuvo dos amantes, pero lo que sí se sabe es que la atraían las mujeres. Parece que algo intentó con esos dos hombres, seguramente introducirlos en orgías con chicas del servicio en las que ya empezaba a haber golpes y sangre. Ellos se asustaron, desapareciendo sin dejar rastro. Otra tesis es que los hizo asesinar, algo más que probable.

Su tía Kata fue, según todos los indicios, la que la introdujo en los arcanos del culto a Lesbos. Fue aquella familiar la que en sus visitas a Cjesthé, un hrad o castillo en el que Erzsébet tenía su guarida y su base logística, la incitó a hacerse subir chicas a las habitaciones. Allá transcurrían días enteros. Más tarde, y durante varios años, cierta misteriosa dama que vestía una larga túnica con capucha, por lo que nadie pudo saber nunca de quién se trataba, también visitaba a Erzsébet, y se repetía el ritual de las chicas. Para entonces, a su vez, ya empezaba a hablarse del malhumor de la condesa. Su marido casi nunca estaba con ella. La madre de Ferenc, preocupada, le había advertido a su hijo poco antes de la boda: “Te casas con una fiera...”. No imaginó, ni Ursula Nadasdy ni nadie, hasta qué punto eso iba a ser cierto.

Erzsébet era delgada y alta. Su belleza llamaba la atención por lo exótico de sus rasgos, vagamente agitanados, y su porte esbelto. Ojos grandes y oscuros, piel morena y el cabello largo y lacio, aunque solía llevarlo recogido en una redecilla de perlas o de brillantes, a la húngara. Eludía vestir con pompa y boato. Se sentía más a gusto con sus atuendos típicos: corpiños ceñidos y faldas anchas, mangas abullonadas y una cómoda gorguera realzando su rostro. Desde que era una niña se pasaba largas horas observándose en un espejo en forma de ocho, con salientes para apoyar los codos y estar más cómoda en esa actitud de indolente y hedonista observación. Era aún joven cuando empezó a preocuparle envejecer. Notaba que su piel ya no era tan tersa y suave como antes. Entonces ocurrió algo que iba a marcar el curso de los acontecimientos: la magia negra irrumpió en su vida. Se hizo una experta en conjuros y pócimas que, en principio, debían evitar a toda costa su proceso de envejecimiento. Dio con una bruja que se hizo traer de los bosques de Sarvar, llamada Darvulia. Ésta fue quien le comentó que untándose sangre humana, a ser posible de doncella virgen y sana, impediría el envejecimiento.

Aunque para entonces, aproximadamente la última década del siglo XVI, Erzsébet ya había cometido una serie indeterminada de crímenes, siempre en la impunidad de la noche y de los campos, o en sus propios aposentos. Pero nunca dejó huellas de tales crímenes. En cuanto a su acercamiento a la sangre, se sabe que todo empezó cierta tarde en la que una chica del servicio la pinchó sin querer con un alfiler mientras estaba cosiéndole una enagua a su señora. Ésta, para sobresalto del resto de chicas, pareció entrar en trance. Luego hizo que la negligente sirvienta lamiese su herida. Erzsébet palideció de placer, y tan aturdida debió quedar por aquella experiencia que durante varias jornadas no hubo más golpes, algo a lo que las chicas ya estaban acostumbradas. Sólo que entonces empezaron los alfilerazos.

Locura. Era como un juego inocente pero morboso. Pinchaba a alguna chica que estuviese distraída, comportándose, más que como una dama, como una niña salvaje. Luego fue ella quien lamió heridas y cortes, accediendo a un nivel distinto y superior de conocimiento. Por eso los consejos de Darvulia resultaron funestos, porque eran el detonante para que Erzsébet, una vez se quedó viuda y libre de sus hijos, hecho que acaecería en 1604, cuando muere Ferenc Nadasdy, decidiese romper los diques que hasta entonces, aún en el vicio, todavía la mantenían débilmente asida a la cordura.

Se calcula, por lo tanto, que desde 1590 estuvo torturando y asesinando a chicas, aunque de forma espaciada. Luego, a partir de 1604, se desencadenó toda la furia que llevaba dentro. Incluso se tomaba la molestia de ir anotando en una libreta los nombres y apellidos de sus víctimas. Así, por ejemplo, escribía: “Janna. Rubia y alta”. Sepulcralmente lacónica. Más de 600 nombres aparecían en tan fatídica lista. Los otros, los que dejó sin anotar en el camino, vienen a redondear su récord absoluto en el crimen. Para cometer esas atrocidades se sirvió, aparte de Darvulia, su bruja, de tres personas: Jó Ilona y Dorotya Szentes, también llamada Dorkó, así como de un tullido que llegó a Cjesthé en calidad de bufón, de nombre Ujvari Johanes, al que se conocía como Ficzkó.

En las orgías de sangre cada cual tenía su papel muy claro. Un verdadero arsenal de instrumentos de tortura se desplegaba a tal efecto. Tijeras, tenazas, punzones, todo tipo de cuchillas, atizadores de fuego. Ella solía iniciar esas sesiones de horror sentada tranquilamente en su sillón. Daba órdenes precisas: “Corta aquí”, “haz una punción allá”, y poco a poco iba excitándose. Lo hacía conforme crecían las súplicas de sus víctimas. Sabía a la perfección qué vena o qué arteria había que cortar para que la sangre manase de tal o cual modo. Cuando perdía la paciencia, ella misma entraba en acción con inusitada saña. Las chicas, en esas ocasiones, solían morírsele rápido, lo cual la sacaba aún más de quicio. Procuraba mantenerlas el mayor tiempo posible con vida, porque en lo que hallaba su máximo placer era en la fría contemplación del dolor ajeno. Pero como en ella subyacía una perfecta depredadora, las desollaba vivas en pocos minutos, al principio para espanto de sus propios cómplices, que la vieron descuartizar literalmente a varias chicas en medio de furiosos chillidos. Sajaba pezones, labios, orejas y partes de la vulva. Las chicas, desmayadas de dolor, espabilaban cuando les introducía el atizador del fuego al rojo por la vagina o el ano. Entonces las obligaba a masticar esas partes de sus cuerpos. Les hacía arrancar la piel hasta que quedaban en llaga pura.

Raramente la vieron dar muestras de sentir excitación sexual. Según los testimonios de sus secuaces cuando finalmente fueron capturados o juzgados, la señora nunca, o casi nunca, evidenció estar sintiendo placer físico. Su excitación era otra, mucho más espiritual si cabe, aun en un sentido de absoluta perfidia. Gozaba haciéndolas sufrir porque eran jóvenes, porque la piel de esas chicas aún no cedía ni se arrugaba como la suya, porque eran alegres, sanas, bellas en su candor. Todo eso quería destruir.

De vez en cuando sí parecía que disfrutase sexualmente, pero en realidad engañaba a las chicas. Desnudas y atadas las obligaba a tocarse, frotando sus cuerpos. Ella podía acariciarlas un momento, pero al poco entraba de nuevo en su enloquecido trance. Golpes, latigazos, cuchilladas y punciones. Reservaba las arterias por las que mana más sangre para el final. Sabía que en cuanto las cortase se produciría la muerte en escasos momentos. Entonces, ante una arteria o vena cortada, ella se tumbaba junto a la muchacha agonizante procurando que el borbotón de sangre cayese sobre su piel, sobre su cara, sobre sus brazos. Entonces murmuraba una especie de letanías en dialecto tôt, una derivación del húngaro antiguo. A su modo, rezaba. A las fuerzas del Mal.

Calabozos. La condesa Báthory disponía de otros 15 castillos, aparte de Cjesthé, para cometer atrocidades, y de hecho en varios de ellos asesinó a decenas de chicas, pero principalmente fue en esa ciudad, situada no lejos del río Vág, donde desarrolló su infernal mecánica de destrucción y muerte. Es sorprendente que eligiera un lugar no excesivamente alejado de las cortes de Presburgo (la actual Bratislava, en Eslovaquia), como tampoco de Viena, Praga o Budapest. En Cjesthé disponía de todo un sistema de calabozos y lavaderos que acondicionó con esmero para la tortura y el crimen. Además, en su ceguera se creía inmune a todo, incluido el brazo de cualesquiera justicia existiese en el mundo, tanto la humana como la divina. Ella se sabía de otra estirpe, y nada podían hacerle.

Al principio le resultó fácil encontrar chicas por la región de Cjesthé. Iban a las aldeas y les decían que entrarían en el servicio de la señora. En una época de penuria y hambre eso era un honor para aquellos campesinos. Nunca regresaban. Cuando preguntaban sus familiares, la respuesta era siempre idéntica: “Fue trasladada a otro castillo, pero está bien...”. Al principio lo creían, pero poco después los rumores fueron tan intensos que prácticamente ya no quedaban chicas en la región. Entonces ella y su séquito se iban a buscarlas a alejados parajes. Su obsesión era tener decenas de chicas “almacenadas”, como en adobo, para que nunca le faltase carne.

Y nunca le faltó. En la propia Viena poseía un palacete situado junto al convento de los Agustinos. De allí provenían gritos, y por las mañanas volcaban cubos de sangre. Despertó sospechas, así que tuvo que dejar los crímenes en Viena. Se hizo fabricar entonces una Doncella de Hierro, especie de sarcófago que agujereaba a quien quedase atrapado en su interior. Se colocaba debajo y allí esperaba la benefactora ducha de sangre. La espiral de crímenes crecía y crecía, llegando incluso a raptar a las hijas de varios zémans o campesinos ricos. Ahí empezaría su perdición, pues esos padres dieron la voz de alarma en la corte de Presburgo.

Darvulia murió anciana y la condesa halló a la sustituta ideal, Ezra Majórova, la Bruja de Miawa, si cabe más abominable que aquélla. Acabó de introducirla en los secretos de las plantas con poderes, de los hongos, de la resina del cáñamo, de las pócimas hechas con productos de la Naturaleza. Todo lo probaba Erzsébet, todo le parecía poco. Majórova le dijo que debía bañarse literalmente en sangre de doncellas. Se ideó una bañera con sus respectivos escalfadores, y allí iba toda la sangre de las víctimas. Se pasaba largas horas hundida hasta la barbilla en el líquido rojo y espeso, amodorrada, parcialmente aplacada. Al día siguiente, el ritual se iniciaba de nuevo.

Finalmente varias denuncias se cruzaron. Fue detenida junto a sus cómplices, pero la Bruja de Miawa logró huir a los bosques y, naturalmente, no hicieron ni el amago de seguirla. Recién pasada la Navidad de 1610, se celebró la vista contra Erzsébet en la cercana Biscé. Matías de Habsburgo, rey de Hungría y a la sazón afín a los Austrias españoles, era partidario de la pena de muerte, pero eso podría haber provocado un conflicto con Transilvania y sobre todo con Polonia. Además de incrédulos, muchos nobles húngaros estaban muy inquietos. A las dos mujeres que la ayudaron en los crímenes se les arrancaron todos los dedos de las manos, y luego fueron echadas al fuego. Al tullido Ficzkó simplemente lo decapitaron con un golpe de palós, la típica espada húngara. Ella fue condenada a ser emparedada viva en su habitación de Cjesthé.

En ese aposento se sellarían puertas y ventanas, dejando tan sólo una ranura para introducirle alimento. Creyeron que ni siquiera superaría aquel invierno, con temperaturas de muchos grados bajo cero. La condesa, impertérrita y con la mirada alucinada, quedó allí, en su aposento, mientras los albañiles le sellaban para siempre toda visión del mundo exterior.

Sin embargo, era una Báthory e iba a demostrárselo a todos hasta el final. Aguantó viva casi cuatro años. Vio pasar las estaciones en medio de la absoluta oscuridad, rodeada de sus propias heces y de alimañas que se introducirían en esa última guarida. Cada medio año un religioso llegaba desde Presburgo para preguntarle a través del tabique si se arrepentía. Y ella, en húngaro antiguo, siempre dijo las mismas palabras: “Eran mis tierras, eran mis gentes...”. Así una y otra vez, para estupefacción de todos. Un buen día de agosto de 1614 la loba sanguinaria decidió que ya estaba harta de aquel juego frío, aburrido y solitario. Pidió tinta y pergamino para cambiar parte de su testamento, cosa que hizo demostrando que estaba lúcida. Luego expiró para perderse, por fin, en la más profunda tiniebla. Y allí debe seguir.






Su descendiente tampoco la quiere


“Pienso más en ella como el personaje de una de mis óperas que como un antepasado. No siento prácticamente nada hacia ella. Murió hace 400 años y no han sobrevivido recuerdos ni posesiones suyas. Sólo nos ha quedado su retrato –una copia de una imagen del Renacimiento– y sus diarios, que pertenecen al archivo estatal de Budapest. Cuando era pequeño, resultaba emocionante saber que tuve una antepasada vampiresa, pero por supuesto, hoy estoy en completo desacuerdo con su existencia. He crecido sin las divisiones éticas y raciales de su época. Ella fue educada de otra forma, en otro tiempo, y fue una mujer enferma con mucho poder. La gente con poder da miedo incluso hoy (hay muchas personas de ese tipo en Estados Unidos). Era muy inteligente y poderosa, y cuando pienso en su conducta entiendo que tenía una grave afección mental, quizá una combinación de esquizofrenia, deficiencia alimentaria y educación basada en el poder, según la cual podía tratar a los demás como se le antojara. Tal vez era tan inteligente que se convirtió en una mujer ebria de poder que estaba por encima de los demás y eso acabó por ser una adicción que satisfacía lo que no podía conseguir con política o dinero. Sin embargo, mucha gente visita la “web” y la venera. Buscan sus fotos, hacen preguntas... Creo que están buscando un modelo de poder que no tienen en sus vidas. 400 años después de su muerte, ella sigue viva gracias a la imaginación de estas personas. Yo no creo en vampiros, pero hay seres humanos con mucha maldad que pueden haberla heredado a través del ADN, la educación... En ese sentido no me considero una persona muy espiritual”.

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